Pregunta lo que Quieras | 003

Jul 12, 2026    Eber Flores

En esta tercera semana de Pregunta lo que quieras, abrimos la Palabra de Dios para responder algunas de las preguntas más reales y profundas que enfrentamos en la vida diaria:


¿Cómo podemos fortalecer nuestro matrimonio? ¿Cómo evitar que nuestros hijos ocupen el lugar que solo Dios debe tener? ¿Es Dios el autor del sufrimiento? ¿Y qué hacemos cuando comenzamos a luchar con dudas acerca de nuestra fe?


Aunque estas preguntas parecen muy diferentes, todas apuntan hacia una misma verdad: nuestra esperanza no está en lo que sentimos, en lo que dice la cultura ni en nuestra propia experiencia; nuestra esperanza está en Dios y en la verdad inmutable de Su Palabra.


En 2 Timoteo 3:1-5, Pablo describe actitudes como ser “amadores de sí mismos”, “amadores del dinero” y “amadores de los placeres en vez de amadores de Dios”. Estas mismas actitudes muchas veces se encuentran en la raíz de los conflictos matrimoniales. Por eso, un matrimonio fuerte no se construye simplemente encontrando a la persona perfecta, sino aprendiendo a obedecer a Dios juntos. Acercarse cada día más al Señor, perdonarse continuamente y cultivar una amistad profunda son hábitos que fortalecen un matrimonio centrado en Cristo.


También hablamos de una realidad que puede ser difícil reconocer: incluso nuestros hijos, siendo un regalo maravilloso de Dios, pueden convertirse en ídolos. Jeremías 17:9 nos recuerda que el corazón es engañoso, y por eso necesitamos examinar aquello que gobierna nuestros deseos, nuestras decisiones y nuestra identidad. La meta de la crianza no debe ser producir hijos populares, exitosos o perfectos, sino ayudarles a crecer “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, como enseña Efesios 4:13. La solución no es amar menos a nuestros hijos, sino amar más a Dios.


Después enfrentamos una de las preguntas más difíciles de la vida: ¿es Dios el autor del sufrimiento? La Escritura nos enseña que Dios no es la fuente del pecado ni del mal, pero que continúa siendo completamente soberano sobre todas las cosas. Isaías 46:10 declara: “Mi propósito será establecido, y todo lo que quiero realizaré”. La cruz de Cristo es la evidencia más poderosa de esta verdad: el acto más injusto y doloroso de la historia fue usado por Dios para traer salvación al mundo. Eso significa que, aunque no todo lo que vivimos es bueno, Dios sigue siendo tan bueno y soberano que puede obrar aun en medio de nuestro dolor para cumplir Sus propósitos.


Por eso, cuando sufrimos, podemos llevar sinceramente nuestro dolor a Dios, confiar en que Él no está desperdiciando nuestras pruebas y permitir que use nuestras heridas para consolar y bendecir a otros. Como dice 2 Corintios 1:4, Dios “nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción”.


Finalmente, hablamos de las dudas. Tener preguntas no significa necesariamente que nuestra fe haya desaparecido. La duda no es lo opuesto a la fe; la incredulidad sí lo es. La duda pregunta, busca y lucha. Y cuando esas dudas llegan, debemos preguntarnos si estamos creyendo algo que contradice la Palabra de Dios, recordar Su fidelidad, llevar nuestras preguntas sinceramente delante de Él y considerar si nuestras dudas nos están alejando de Jesús o llevándonos a conocerlo más.


Tomás tuvo dudas. Pablo tuvo que confrontar todo lo que creía. Pero ambos encontraron la respuesta definitiva no simplemente en un argumento, sino en una Persona: Jesucristo.


Al final, el matrimonio, la crianza de nuestros hijos, el sufrimiento y nuestras dudas nos llevan al mismo lugar. No necesitamos tener todas las respuestas para seguir confiando en Dios. Necesitamos conocer más profundamente a Aquel que dio Su vida por nosotros, venció la muerte y resucitó para darnos una esperanza viva.


Recuerda que no necesitas tener todas las respuestas cuando conoces y confías en Aquel que nunca pierde el control.


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